Llevábamos años juntos y ya teníamos nuestro primer hijo cuando supe que esperaba a nuestra hija. El matrimonio siempre estuvo en nuestros planes, pero nunca habíamos podido concretarlo por temas económicos.
Un día, después de la ecografía donde supimos que sería niña, íbamos de regreso a casa cuando pasamos frente al Registro Civil. Ricardo me miró y me dijo: “¿Y si pedimos hora para casarnos?”.
Consentí en seguida, sin dudarlo y de la más chilena de las formas. Entramos, reservamos la fecha más cercana y nos casamos en una ceremonia íntima, con las mismas argollas de plata que llevábamos desde nuestras ilusiones de adolescentes.
Ahora solo nos queda esperar el matrimonio religioso, que sellará nuestra historia el próximo año.
Camila Sepúlveda