Lo puedo imaginar como si ya estuviera ocurriendo.
Será febrero y estaremos en San Andrés, ese lugar que siempre quisimos conocer juntos, con el mar de los siete colores frente a nosotros y el corazón lleno de emoción por estar celebrando 9 años de amor. Nueve años de todo: risas, peleas, reconciliaciones, viajes, abrazos silenciosos, y esa forma tan única que tenemos de cuidarnos sin decirlo.
Ese día habremos pasado horas nadando, riendo, tomando agua de coco y perdiéndonos entre las callecitas de la isla. Yo estaré feliz, sintiendo que no necesito nada más. Pero Tomás… él sí tendrá algo más preparado.
Al atardecer, me llevará a caminar por la playa. El cielo se estará tiñendo de rosa y naranja, el mar reflejará todos esos colores, y la brisa será perfecta. Yo pensaré que solo estamos buscando un lugar tranquilo para ver el atardecer, como tantas veces. Pero de pronto, lo veré ponerse un poco más nervioso, como cuando no sabe cómo decir algo importante.
Llegaremos a una parte apartada de la playa, decorada con luces suaves, pétalos en la arena, y una mesa para dos. Mi corazón latirá más rápido. Querré preguntarle qué está pasando, pero no diré nada.
Tomás me tomará de la mano, me pedirá que cierre los ojos por un segundo. Y cuando los abra, él estará arrodillado frente a mí, con esa mirada suya que siempre me ha hecho sentir en casa.
Me dirá cosas hermosas. Me recordará todo lo que hemos vivido. Me hablará con el corazón en la mano. Y cuando diga:
—¿Te querés casar conmigo?,
mi alma va a gritar sí, aunque mis labios apenas logren pronunciarlo entre lágrimas y risas.
Nos abrazaremos como si fuera el primer y el último abrazo del mundo. Y ese momento será solo nuestro, pero eterno. Porque en ese atardecer de San Andrés, empezará nuestra nueva historia.
Y yo, Kim, voy a recordarlo por el resto de mi vida como el día en que todo se volvió aún más perfecto.
Y yo me quedaría en shock por un segundo, con el corazón latiendo rapidísimo. Se me llenarían los ojos de lágrimas y sonreiría como nunca.
Le diría que sí entre risas, emoción y mil abrazos. Lo abrazaría fuerte, como si no quisiera soltarlo jamás.
Sentiría que el mundo se detiene, que todo es perfecto… y que no podría haber imaginado un momento más hermoso que ese.
Después ir a comer a algun lugar, seguir celebrando juntos en privado y hacer videollamadas a las personas más cercanas.
Kim Fuenzalida
Ñuñoa, 29 años.


